N.º 001 · Narrativa
Encuentro en la esquina
Cuando el atardecer cae sobre la ciudad, un hombre es abordado en pleno cruce peatonal por una presencia desconocida que asegura haber muerto a un par de cuadras. Entre las calles, la penumbra y el arrepentimiento, este relato imagina más de una manera de habitar la muerte.
Por Francisco AMK
· 10 min de lectura · 2.172 palabras
A mi alrededor había una docena de personas esperando para cruzar al otro lado. El sol del atardecer teñía de tonos anaranjados todo lo que alcanzaba a tocar tras colarse entre los edificios.
Alentados por el parpadeo de la luz que apuntaba hacia la calle perpendicular, algunos individuos comenzaron a cruzar antes de que el semáforo cambiara. El resto los siguió cuando el dibujo del hombre caminando se iluminó de verde.
Yo me disponía a avanzar cuando un tipo, sin siquiera hacer ademán de esquivarme, me dió un fuerte empujón con su hombro. Tuve que dar un paso hacia atrás solo para mantenerme en pie.
—¡Ten más cuidado imbécil! —le grité tras recuperar el equilibrio.
El tipo ni se inmutó.
—Esta gente… —Me habló un joven mientras depositaba su mano sobre mi hombro—. Se creen los dueños de la calle y andan por ahí como si uno no existiera.
Supuse que tenía unos veintitantos años, aunque hablaba con la calma de un hombre sabio. Llevaba polera, jeans y zapatillas skaters como las que le gustan a mi hija mayor.
—Cuidado —dijo de pronto y me hizo retroceder al empujarme con la mano que me sujetaba.
Una mujer que caminaba enfocada en su celular pasó sin mirar y, de no ser por el aviso del jóven, hubiese chocado conmigo.
—Gracias. La gente está muy loca —refunfuñé.
El jóven me miró fijamente a los ojos y sonrió inclinando la cabeza.
—Yo morí cerca de aquí.
Me lo soltó como si nada, como si fuera lo más normal del mundo. Obviamente no le creí.
—Yaaa… —respondí incrédulo—. ¿Esto es para un video de Tiktok o algo así?
—No. Es verdad. Morí cerca de aquí, en un accidente de tránsito.
Lo miré de pies a cabeza y no había señales de que tuviera un micrófono ni algún dispositivo de grabación. Sospeché que tenía un secuaz grabándome escondido. Decidí seguirle la corriente para ver qué tan lejos llegaba con su broma.
—Ya, ¿y cómo fue que moriste?
—A ver… Había salido recién del trabajo. Eran más o menos las seis de la tarde y, mientras me dirigía al metro, le mandé un mensaje a mi esposa avisándole que ya iba en camino para ver si alcanzábamos a juntarnos. Así era nuestra rutina desde que nos casamos hace unos meses: nos encontrábamos en Rodrigo de Araya y aprovechábamos la caminata de la estación al depa para conversar. Ella respondió que ya estaba llegando, así que me esperaría en la boletería.
La forma en que hablaba reflejaba un anhelo que sentí como genuino. Por un instante me cuestioné si realmente había muerto, pero volví a decirme que aquello sería ridículo. «Solo es un buen actor», pensé.
—Cuando estaba en la esquina de San Martín con Compañía esperando para cruzar la calle —prosiguió—, un vehículo me impactó de lleno. No sé cómo pasó, ni por qué motivo se subió a la vereda; solo sé que el golpe me lanzó por los aires y que al caer me golpeé la cabeza y fallecí casi al instante.
—Está buena la historia, te felicito —dije aún sin convencerme, aunque el bichito de la duda ya había entrado en mí.
—Así que todavía no me crees. Acompáñame un momento.
Me hizo un gesto con la mano para que lo siguiera y comenzó a caminar. Podría haberlo dejado solo y continuar con mi día, pero la curiosidad fue más fuerte.
Mientras circulábamos por la vereda de San Martín miré para todos lados buscando si había alguien escondido filmándome, pero no encontré a nadie. Solo vi gente caminando apurada, sumida en sus teléfonos y enojada. Tuve que hacer el quite varias veces a personas que parecían no verme. «Si esto es una performance, deben tener mucha plata para contratar tantos actores», pensé.
—Y si tú ya moriste, ¿por qué yo puedo verte y escucharte?
—Excelente pregunta. Podría responderla, pero es más fácil mostrarte —contestó con una sonrisa—. Mira, ya estamos llegando.
Estábamos próximos a la esquina de San Martín con Compañía cuando divisé a un grupo de gente reunido alrededor de algo que no logré identificar inicialmente. Eran más o menos unas 15 personas y todas parecían o preocupadas o desconcertadas por lo que tenían enfrente.
Al acercarnos, logré distinguir que lo que había en el suelo era una persona, o mejor dicho, un cuerpo.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Quedé paralizado. Asumí de inmediato que lo que decía el joven era cierto, que efectivamente había muerto en esa esquina y que podía interactuar conmigo pues yo acababa de morir en ese mismo lugar. Que ese era mi cuerpo.
—No te quedes quieto, sigue avanzando —dijo el joven impulsándome con un suave empujoncito en la espalda.
—Pero es que yo…
—Tranquilo, mira.
Nos abrimos paso entre el grupo de personas y pude mirar de cerca el cuerpo que yacía sobre el asfalto.
—¡Erai tú! —exclamé sorprendido.
—Así es, fallecí solo un par de minutos antes de que comenzáramos a hablar.
—Perdón por no haberte creído… Lamento mucho lo que te pasó.
—Lo sé y te lo agradezco. Sin embargo no tienes que preocuparte por mí. Es cierto, tuve un final trágico, pero no contaba con que al morir sería inundado por una profunda sabiduría y que eso me ayudaría a hacer las paces casi al instante con mi destino.
—¿Y por qué, entonces, decidiste hablar conmigo?
—Antes de contestar ¿puedes comentarme cómo fue tu día?
—¿Por qué?
—Solo quiero saber —dijo con una amabilidad a la que no me pude resistir.
—Bueno —acepté algo confundido—. Hoy me levanté y preparé los desayunos para las niñas mientras mi señora las vestía. Tenemos dos hijas: una de 6 y una de 8. Cuando se sentaron a la mesa, yo me entré a duchar. Apenas terminaron, me despedí de mi esposa y partí en el auto a dejarlas al colegio. De ahí me fui directo al trabajo.
—Veo que eres un buen padre.
—Eso intento —sonreí—. Bueno, en el trabajo hice lo de siempre: reuniones, correos… lo típico. Salí más o menos a las cinco y media y tomé la ruta habitual.
—¿Y cuál es esa ruta?
—Tomo la Panamericana allá en Quilicura y salgo acá en el centro para meterme por Compañía…
Tan pronto lo dije, supe que algo no andaba bien, aunque no tenía claro qué.
—¿Y qué ocurrió cuando pasaste por aquí? —preguntó el joven.
Los recuerdos acudieron a mí de golpe. Me zamarrearon como una fuerte ola. Se me hizo difícil respirar. Levanté el rostro para inspirar y noté que el anaranjado del cielo había dado paso a un cálido violeta. La ciudad recién comenzaba a oscurecer, pero algo dentro de mí ya lo había hecho.
—Ve… venía manejando por Compañía y tenía que atravesar San Martín y el semáforo se puso amarillo y aceleré un poco para alcanzar a cruzar, pero no mucho, lo normal, y todo iba bien pero alguien… alguien de un negocio, creo, ahuyentó a un perrito y el perrito arrancó hacia la calle y quedó frente a mi auto. Me pilló de sorpresa y para hacerle el quite giré el volante, pero… pero me subí a la cuneta y había una persona, un joven de polera y jeans… Erai tú. Intenté frenar, pero el auto ya te había pegado y habíai salido volando… Todo pasó tan rápido… No pude hacer nada…
Una fresca brisa llegó a mis ojos y me di cuenta de que había dicho todo aquello sin parpadear una sola vez. Sentía el agitado palpitar de mi corazón en todo el cuerpo y me costaba mantener el equilibrio.
—Perdón... Yo… Yo te maté.
Esas palabras salieron de mi boca llevándose toda la fuerza de mi cuerpo. Sentí mis rodillas flectarse involuntariamente, pero el joven me sostuvo antes de caer.
—¿Y qué pasó después? —preguntó mientras me ayudaba a sentarme en el piso.
—No sé. No recuerdo nada más.
Intenté buscar en los recovecos de mi memoria, pero no encontré nada. Solo pude hacer conjeturas sobre mi situación.
—Espera, si tú estái muerto y yo puedo verte y escucharte, ¿eso significa que yo también morí? —dije aterrado.
—En cierto modo, sí.
El joven levantó su mano y apuntó hacia la vereda contraria. Había un hombre de mediana edad sentado en la solera. Frente a él, una carabinera y un paramédico en cuclillas le hablaban, sin recibir respuesta. El sujeto, de pelo semi cano y ropa de oficina, tenía la mirada perdida. No presentaba rastros de golpes o heridas, sin embargo, su piel, completamente pálida, evidenciaba el estado de conmoción en que se encontraba.
Era yo.
—¿Entonces no morí? —pregunté poniéndome de pie.
—Hay varias formas de morir. Yo, por ejemplo, morí de la forma más definitiva que hay: mi cuerpo dejó de funcionar. Frente a eso no hay nada que hacer. Tú, en cambio, estás muerto en vida. La culpa que te envolvió tras golpearme con tu auto fue tan grande que abandonaste tu cuerpo y comenzaste a caminar sin rumbo.
—No sabía que eso fuera posible.
—Lo es. Pero, a diferencia mía, tú aún puedes volver a vivir. La pregunta es: ¿quieres hacerlo?
—Pero es que yo te maté.
—Fue un accidente.
—Pero aún así, yo te maté. No soy digno de seguir viviendo después de lo que hice.
—Todo muerto en vida, como tú, tarde o temprano acaba muriendo de verdad, a veces por suicidio y otras veces porque el descuido a su propio cuerpo acaba llevándolo al colapso. Un muerto en vida siempre deja una estela de tristeza y sufrimiento que afecta a todo aquel que lo rodea.
El joven hablaba con la parsimonia de un maestro y su sonrisa, siempre presente, me hacía sentir en calma a pesar de lo triste de su discurso.
—La decisión es solo tuya y de nadie más —prosiguió—. Si realmente prefieres seguir muerto en vida, no hay nada que yo pueda hacer para detenerte. Pero antes, quiero que consideres lo siguiente: sí, mi muerte fue trágica; sí, hubiese preferido llegar a encontrarme con mi esposa en lugar de morir, pero nada de eso importa ahora, porque ya fallecí. Y fue un accidente. Yo lo sé, tú lo sabes y la policía y los jueces lo sabrán también cuando vean las cámaras de control del tránsito. Mi esposa va a sufrir mucho, es cierto, pero no hay necesidad de que también hagas sufrir a tu familia al convertirte en un muerto en vida y, eventualmente, morir de verdad.
Era sorprendente la serenidad con la que hablaba, considerando que había muerto hace solo unos minutos.
—Lamento mucho lo que te pasó, de verdad. Y de todo corazón te pido perdón por haber provocado tu muerte.
—No hay nada que perdonar, porque fue un accidente. Pero si sirve de algo: te perdono.
Sentí algo húmedo en mi mano. Era un perrito, el mismo que esquivé con el auto, que me lamía la mano cariñosamente. Me alegró mucho ver que, al menos él, estaba completamente sano y salvo.
El perro levantó su hocico para aullar e instintivamente apunté mi mirada en la misma dirección. El cielo se había tornado de un violeta oscuro que, poco a poco, abría paso al azul profundo de la noche.
Un fuerte destello iluminó todo a mi alrededor, borrando los bordes y sombras de cada objeto hasta hacerlos desaparecer en un blanco infinito. Parpadeé varias veces para ajustar mis pupilas hasta que, de un momento a otro, el destello desapareció. Ante mis ojos vi una mano alejarse con una pequeña linterna entre los dedos.
—¿Me escucha? —dijo una voz.
Me tardé unos instantes en entender que quién me hablaba era el paramédico.
—Sí —respondí y me largué a llorar como nunca antes lo había hecho.
Entre lágrimas y sollozos, balbuceaba «perdón, fue un accidente» una y otra vez.
—Respire hondo —me decía el paramédico y, aunque quería hacerle caso, mi cuerpo no paraba de llorar y pedir perdón.
Pensaba en el pobre joven que había perdido la vida, en su esposa esperándolo sin enterarse aún y la angustia se hacía inmensa. Y más lloraba. Y más pedía perdón.
Fue entonces, en un parpadeo, que la sonrisa del joven vino a mi mente y me trajo calma. De a poco fui recuperando el control de mi respiración. «No hay necesidad de que también hagas sufrir a tu familia al convertirte en un muerto en vida». Recordé las palabras con su voz sabia y su ritmo pausado. Pude, por fin, controlar el llanto y sentí deseos de abrazar a mis niñas y a mi esposa y decirles lo mucho que las amo.
Me limpié las lágrimas. Noté que el perrito estaba sentado a mi lado. Le acaricié la cabeza. El paramédico, al ver que ya estaba más tranquilo, tomó mis signos vitales y me revisó por todas partes.
—No tiene lesiones, solo estaba en shock —le informó a la policía.
La carabinera, entonces, se me quedó mirando fijamente, con más preocupación que sospecha.
—Tengo que tomarle su declaración. ¿Me acompaña a la patrulla o prefiere quedarse aquí?
—Prefiero quedarme.
