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Urbanista Editorial

N.º 003 · Narrativa

De viaje

Una mujer envuelta por el pasar de los días revive un lejano sueño tras un encuentro fortuito con uno de los vecinos de su edificio. Aquellos pensamientos la llevarán a salir de su hogar para emprender un viaje que la llevará más lejos de lo esperado.

Por Tamy Cuevas

· 6 min de lectura · 1.313 palabras

Siempre había soñado con viajar por toda Sudamérica, pero entre el trabajo, la casa y los niños nunca tuve la oportunidad. Así que dejé ese deseo guardado en un cajón. Además, digamos que las finanzas no me permitían llegar mucho más lejos que desde la casa a la oficina y viceversa.

Una tarde me encontré con mis nuevos vecinos en el pasillo del edificio. Eran muy alegres y conversadores. Se presentaron animosamente: un matrimonio joven, con acento caribeño, y su pequeña hija.

Me regalaron una bandeja con unos tubitos fritos, bien calientes, rellenos de queso y acompañados de una salsa aromática de ajo. Me indicaron, muy entusiasmados, que se llamaban «tequeños», un tentempié para compartir en reuniones con amistades o familiares.

Les agradecí el gesto y me los llevé a mi departamento. Los miré y probé uno con desconfianza. Para mi sorpresa, eran riquísimos, así que me los comí todos antes de que se enfriaran.

Con el tiempo, comencé a darme cuenta de que el ambiente del edificio iba cambiando. Cada vez eran más los pisos con habitantes que venían de diferentes lugares de la tierra.

A veces, a algunos de los vecinos más antiguos les molestaba la música, las risotadas de las reuniones de fin de semana o, simplemente, el aroma del aire que se colaba por todos los departamentos. Ya olía diferente: condimentos, frutas, aceite hirviendo.

A mí no me incomodaba. Al contrario, me preguntaba si todos los lugares que había soñado con visitar serían así, con esos colores, texturas, aromas y sabores.

Me hacía mucha ilusión pensar que, tal vez, si yo no podía ir a esos lugares, pequeños trozos de esos países podían vivir en mi aglomerado edificio.

Me daba curiosidad saber si las personas de los diferentes pisos también vivían así en sus ciudades, si hacían fiestas todos los días o si aquí en Chile eran más felices y por eso siempre parecía que festejaban.

Quizás los vecinos mayores estaban acostumbrados al gris y apagado Santiago, donde solo nos volvemos locos y tiramos la casa por la ventana en septiembre para las Fiestas Patrias.

Un día, mientras esperaba el ascensor, que se demoraba mucho rato porque siempre estaba lleno en su sube y baja por los más de treinta pisos que recorría, me encontré con don Pedro.

Era un señor educado y muy amoroso con los niños, pero últimamente se le veía serio y de mal humor.

—Estoy cansado de esto. Todos los días la misma historia: esperar y esperar. Llego tarde al médico, no hay caso de que pueda subirme al ascensor y no puedo ir por la escalera porque son muchos pisos y tengo la rodilla mala.

—Lo entiendo, don Pedro —le dije—. A mí me pasa lo mismo, pero no es culpa de los vecinos. No se amargue.

—¿Cómo no me voy a amargar, mijita? Me cambié aquí para vivir tranquilo y mire ahora. No puedo ni recibir a mis nietos porque el estacionamiento siempre está lleno y no podemos dejarlos afuera del edificio porque los malandros rompen o se roban los autos.

Hizo una pausa y siguió:

—Además, fíjese que tengo una tos re jodida que no me deja. Yo no sé si esto me pasó por el olor que sale de los baños. ¿Se ha fijado que el alcantarillado no funciona? ¿O será la presión del agua? A mí me sale el agua fría de la ducha. ¿A usted le pasa lo mismo en su departamento?

No alcancé ni a responderle.

—El otro día no se imagina, la señora Jacinta me dijo que vio el tremendo guaren corriendo por su pasillo. Como hay tanta basura, el camión no puede llevarse todo del ducto, entonces se acumula. Así no se puede vivir, mijita.

Finalmente suspiró.

—Lo peor es que no tengo plata pa' cambiarme.

Logramos subir al ascensor. Nos despedimos y nos deseamos buen día.

Me fui todo el camino en el metro pensando en lo que me había contado don Pedro.

Si bien, de un tiempo a esta parte, en el edificio la comunidad no lo estaba pasando bien, andaban todos estresados. Ya no se podía ni dormir por el ruido, las moscas, los olores y tantas otras cosas.

Pensaba que tal vez, si los departamentos fueran un poquito más grandes, si nos permitieran tener un balcón para tomar aire o recibir un poco de solcito, o si las paredes nos dieran algo más de privacidad, todos andaríamos un poco mejor.

De pronto me di cuenta de que, por ir pensando, casi me paso de la estación. Me bajé más que rápido entre el tumulto de gente y logré llegar al trabajo solo unos minutos tarde.

Entre el cerro de papeles que tenía que revisar y archivar, me quedé mirando por la ventana cerrada a todas las personas que caminaban apuradas, a los autos peleándose el lugar en la calle a bocinazo limpio.

Inhalé profundo, me desparramé en el asiento y mi compañera me miró.

—¿Qué te pasa?

—No sé —le dije—. Me siento un poco cansada.

—Mmm… se te nota en la cara. ¿Hace cuánto tiempo no tomas vacaciones?

—Uhhhh… ya se me olvidó cuándo fue.

—Entonces es eso lo que te pasa. Tienes que desconectarte un rato de este sucucho aburrido.

—Puede ser —le contesté—, pero con el guatón estamos tan endeudados que no podemos ir ni a Viña.

Nos reímos al unísono.

—Es verdad —contestó ella—. Hay que seguir trabajando. Pero menos mal ya es viernes.

Regresé a casa con el peso de la semana en la espalda. Después de haber revisado tareas, dado la once, lavado platos y un poco de ropa, con los niños durmiendo y el guatón jugando a la pelota, me quedé sola en mi cuadradito de hogar.

Cerré los ojos y pensé en todos los lugares a los que iría si pudiera tomar vacaciones.

Sin darme cuenta, me quedé tumbada en el sillón hasta el otro día. Me despertó el guatón diciendo que iba a comprar el pan para desayunar.

—Voy a salir. Desayunen no más. Vuelvo más tarde. Tengo que salir.

Cerró la puerta sin escucharme.

Me arreglé, eché un par de cosas a la mochila: una botella de agua, bloqueador, lentes, documentos y plata en efectivo que había guardado en el velador.

Salí de prisa, como si necesitara respirar aire nuevo, como si necesitara despabilarme de este lugar.

Tomé el metro sin rumbo fijo. Me bajé en el centro y traté de mirar todo con ojos nuevos, como si nunca hubiese estado ahí.

Me acerqué a un grupo de gringos que estaban sacándole fotos al Correo y a la Catedral. Les indiqué que tuvieran cuidado con sus cámaras y celulares. Les pregunté de dónde eran y si les gustaba Santiago. Con un poco de spanglish y su español atarzanado, logramos entendernos.

Me dijeron que venían recorriendo América de norte a sur y me contaron de lugares que yo solo imaginaba.

Me acordé de mi sueño guardado en el cajón.

Seguí caminando sin rumbo, con el relato de los gringos en la cabeza.

De pronto, sin darme cuenta, llegué a un pasillo lleno de música alegre, vendedores haciendo galantería con sus mejores productos, colores brillantes y aromas frutales.

Probé la chicha morada del Perú. Me dieron a probar una rebanada de mango, jugoso y dulce, con acento francés.

Un poco más allá, una señora gritaba:

—¡Las guanábanas, las guanábanas!

Al lado, una vecina me decía:

—Hola, mami, ¿cómo estás, mi amor? Lleve la papaya o, si prefiere, la maracuyá, que está jugosa.

Seguí caminando entre los puestos, cargando la mochila y mirando todo como si estuviera lejos de casa.

Por primera vez en mucho tiempo no tenía apuro por volver.

Tuve un pedacito de Haití, Perú, Colombia y Venezuela recorriendo los pasillos de La Vega.

Había salido de mi casa sin pasaje, sin vacaciones y casi sin plata.

Y, sin embargo, ese día había viajado.

Tamy Cuevas

Tamara Cuevas (Santiago, 1986) es amante de la lectura, la escritura, tomar café y correr. Escribe cuentos y relatos de estilos diversos: realismo mágico, micro-cuentos y narrativa íntima. También ha incursionado en el haiku. Actualmente trabaja en un proyecto que mezcla deporte y letras.

Publicado en Blue&Yellow el 23 de octubre de 2026.

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